Disfrutar esta etapa

Disfrutar esta etapa

Javiera | Publicado en julio 7, 2015
Hace unos días me llegó una de esas cadenas por WhatsApp que me tocó profundo. Cuántas veces alego por lo agotadoras que están las niñitas pensando “ojalá que crezcan y maduren luego”, cuando en verdad están en una etapa deliciosa, intensa, pero maravillosa… y por las peleas de la cotidianidad, dejo de valorar tantos momentos increíbles que vivimos juntas. Una etapa que dura tan poco porque el tiempo pasa demasiado rápido… por eso, estoy tratando de disfrutar más y alegar menos, retar menos y regalonear más…
Les dejo el mensaje que me llegó. La autora es una mamá de un adulto ya, y cuenta de lo que fue la infancia de sus hijos Lo modifiqué un poco según mi experiencia actual, con mis dos preciosas de 2 y 4 años, invitándolas a pensar en esos momentos cotidianos que por obvios los dejamos de apreciar…
“Si creo que la vida en familia que tengo ahora, la tendré para siempre, tal vez deba prestar atención a los días comunes, esos que comienzan con las niñitas en nuestra cama y terminan haciéndoles cariño en la de ellas.Entre ellos están los días en que mis hijas juegan entre ellas, comen helado por los cachetes, y se tiran como locas por el resfalín. Tardes que quedan embarradísimas y terminamos la jornada con la noche de película y cabritas. La entretención con las amigas y los trayectos en auto con canciones y chillidos.
Cuando la Agustina lloró en la puerta del jardín, pensé que siempre lloraría al separarse de mí. Pero todo sucede por etapas y a su tiempo.O el primer día de colegio de la Clara, la alegría que la embragaba por la nueva aventura que comenzaba. Los problemas me parecen enormes; los refríos, las pataletas, el “cómprame”, el juguete perdido, las peleas con los amiguitos. Pero en general, el mundo en que vivimos y la familia que construimos, hace sentir que la infancia está siendo sólida y duradera.
Lo más lindo de esta etapa es abrazarlas y que me den besos apretados, la crucecita en la frente cuando nos separamos, y el cuento, y el rezo antes de acostarlas. Me preocupa que si no les leo un cuento antes de dormir, no les motivará la lectura,  y me amargo si pelean como si fueran a pelear por el resto de sus vidas.
Todas las etapas llegan a su fin. La princesas dejarán de estar tiradas en el comedor. Las manualidades sa se llenarán de polvo y regalaré la piscina plástica de la que hoy peleo para que se salgan.
La puerta de la pieza que siempre está abierta, de pronto un día la cerrarán. Un día al cruzar la calle estiraré mi brazo para darles su mano que siempre está ahí para agarrar la mía, y  mi hija de trece años caminará un par de pasos atrás, pretendiendo no conocerme.
Entraré a un nuevo territorio llamado adolescencia y no conoceré el piso en donde esté parada. la hija que cargué y cuidé se transformará en un sujeto jorobado sobre una pantalla. Me preguntaré si lo estoy haciendo bien, pues ya no hay marcha atrás. Me preguntaré si podré sobrellevar el resto del día sin discutir, y acabaré agotada recordando aquellos días que parecían eternos y se han esfumado.
Las advertencias, consecuencias y premios no funcionarán. Las charlas de sobremesa no existirán. Haré lo que pueda, como pueda: llenar el freezer, choferear, negocias permisos, supervisar, dejar de llevarla a las clases de ballet e ignorar el cuarto que parece haber sido bombardeado.
Me pedirán otra vez plata. Trataré de no hacer muchas preguntas. Trataré de obtener todas las respuestas. Volveré a llenar el freezer. Me asomaré a ver la fiesta. Rezaré más por ellos. Las noches de sueño serán noches de alerta añorando cuando el desvelo era por que tuvo pesadillas. Me haré experta en leer entre líneas, en interpretar miradas, en determinar olores. Me dirá “puedo vieja” y de pronto estaré de frente a una verdad que sabía desde hace tiempo y me negabas a enfrentar. No necesitarán que les prepare la mochila, ni que le cierres la parka, solo necesitará mi confianza.
Me recordaré a mi misma, y tendré que dejarlas ir y practicar el arte de vivir el presente. Saborearé cada minuto que tenga, aquí y ahora, comiendo en familia y diciendo buenas noches en persona. Y les seguiré dando un beso y la bendición en la frente, aunque sea probable que no les guste.
No puedo cambiar el crecimiento de mis hijas, pero puedo cambiar mi actitud ante ellas, en vez de decirles todo el tiempo lo que deben corregir, pensaré en lo superado y logrado por cada una, porque en cualquier momento estaré abrazando a mi pequeña de 1.70 metros de estatura y lo haré de puntillas para decirle al oído que la extrañaré mientras se va a estudiar fuera.
La casa tendrá una nueva clase de silencio. El litro de leche se volverá agrio. Nadie me despertará en las mañanas y por fín sobrarán unas galletas para mi pero no tendré hambre. Nadie me pedirá que le lleve a ningún lado.
De pronto estaremos solo Seba y yo en un comedor muy grande para los dos, y nos preguntaremos en qué minuto paso el tiempo tan rápido. La estantería estará llena de albums con veinte años de fotos: piñatas, premios, partidos y navidades.
Por eso, quiero preocuparme ahora de atesorar esos momentos que nunca pienso en fotografiar; esos ratos que pasan a diario entre su pieza y la salita. Desayunar en pijamas y acurrucarnos a ver una película al final del día. Dejar más de lado el celular cuando me hablan y darme más tiempo para conversar y jugar con ellas. Reírme un poco más y enojarme menos. Quiero disfrutar más a concho y valorar más esta etapa maravillosa que están viviendo, que pasa tan rápido que muchas veces no nos damos ni cuenta…y dejar de “matar” la tarde, para “vivir” el día junto a ellas.

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