Viajar sin hijos

Viajar sin hijos

Javiera | Publicado en agosto 23, 2012

Vengo llegando de una semana en Venezuela con Seba, mi marido (ufff qué país y qué realidad más dura la que viven nuestros hermanos venezolanos, pero eso es cuento largo para otro blog). Ni se imaginan lo difícil que fue tomar la decisión de viajar sin mi gorda. Soy una “hijona” (equivalente a mamona pero de hijo) y tenía tantos miedos de viajar sin ella y dejarla.

Mi hermana mayor es psicóloga y una gran mamá. Yo amo viajar, pero un día conversando con ella me comentó sobre la teoría de la psicóloga y pediatra Margaret Mahler, quien habla sobre las fases del desarrollo psicológico del niño y cómo la relación madre-hijo es determinante para su sano desarrollo en las diferentes etapas de separación- individuación y por ende que hasta el año y medio la ausencia permanente de la mamá puede ser muy traumática. Con esta idea en mente la posibilidad de viajar se convirtió en nula.

Cuando mi hija cumplió 1 año 7 meses me las quise dar de grande e independiente y organizamos un viaje con mi marido, pero siempre abiertos a la posibilidad de que si nos bajaba mucha angustia, la sumábamos.

Todo iba bien hasta que la semana antes empezó la pesadilla, me costaba dormir en las noches y me empezó  a bajar la angustia. Para qué decir los días antes, no podía mirarla sin ponerme a llorar… Yo sabía que ella iba a estar bien, se quedaría en la casa de mi mamá, la persona favorita de mi hija, y a pesar de que ella ya entiende lo que pasa, yo tenía la tranquilidad de que no depende de mi. Además no sentía nada de culpa (eso sí que es un tema, eso será para otro post).  Sin embargo me imaginaba a mí sin ella y eso me producía una pena inmensa, no sabía si lo soportaría y lograría pasarlo bien.

Cuando me despedí ella ni se inmutó, “shao mamá, shao papá” nos dijo como si nada y se quedó jugando feliz con su primo Nono. Lloré 24 horas… no podía hablar ni mirar fotos de ella. Me tuvieron que subir al avión. Pero una vez que estuve en el hotel y pude hablar con ella por Skype y verla (bendita tecnología) , me volvió la paz y la tranquilidad. Ella estaba feliz, se le veía en la carita… nos decía “hola papá, hola mamá” y nos contaba alguna anécdota de su día “Shushio patalón” (se había rayado los pantalones). El resto del viaje estuvo muy tranquilo, gracias a WhatsApps y Skype pudimos saber de ella en las mañanas y en las noches. Me decían “desconéctate”, pero para nosotros saber y hablar con ella no nos hacía disfrutar menos, sino que al contrario, nos daba fuerzas para seguir pasándolo bien. El primer temor había sido superado: lo pasé increíble!

El otro miedo era la vuelta: todos dicen que te castigan con la indiferencia. Pero llegamos (a las 6:30 am), la saqué de la cama de su Goga (obvio que durmió la semana entera con la abuela en vez de en la cuna), se despertó y decía “pa´llá, tuto Goga” , pero una vez que la devolví a “su” cama, me empezó a abrazar y estuvimos todo el día juntas, como si nunca me hubiera ido. y la última prueba era el día siguiente, cuando fuera a trabajar y le bajara la pena pensando en que la volvería a dejar, pero fue como si nada… me llevó al ascensor, me decía “shao mamá” , me tiraba besos y me cerró la puerta, como lo hacía todos los días… así que todos los miedos y dudas que tuve alguna vez se esfumaron.

¿Cuáles son las conclusiones que saqué de esta experiencia?
1. Las cosas siempre parecen peores cuando se piensan que cuando se viven.
2. Viajar sin hijos no es terrible, siempre y cuando uno se vaya tranquila confiada de que su hijo no esta en una etapa de dependencia. Para mí el límite del año y medio está perfecto porque me fui sintiendo que ella no dependía de mí y no ha tenido (todavía) ninguna réplica, y ese límite cada padre lo sabe.
3. Viajar vale la pena siempre y cuando el objetivo del viaje sea mayor que los costos de dejar a los hijos. Ejemplo: tener tiempo de pareja porque se necesita.

Javiera

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